Tres pesadillas

Queridos lectores: este relato nació a raíz de unas pesadillas que me inundaron anoche. Como no he podido sacarlas de mi cabeza, he decidido inmortalizarlas aquí, con el deseo desesperado de que ninguna se haga realidad.

Yolanda salió de la casa de la clarividente y se abrazó a sí misma; no porque tuviera frío o algo por el estilo, sino porque lo que le acaban de decir atemorizaba su alma e inquietaba sus deseos más profundos del corazón: “La siguiente vez que duermas, tendrás tres sueños. Uno de ellos se hará realidad. No te puedo decir cuándo ni cómo pero tarde o temprano se adueñara de tu vida, por más que quieras evitarlo”.

Eso no le preocuparía en lo más mínimo si supiera que su insconsciente dibujaría cosas positivas aquella noche, pero la expresión de la adivina le hacía pensar que sería todo lo contrario, ¿Y si en un sueño ella moría…?

Sacudió la cabeza para sacarse esa idea y emprendió el camino a su casa. El sol estaba a punto de ocultarse y quería llegar antes de que eso ocurriera. No solía salir en las noches sola y, mucho menos, cuando había tanto en juego.

Cuando llegó, cerró la puerta con fuerza y puso llave, con su mano temblorosa. Después, se dirigió a su cocina para buscar algo de cenar pero, cuando abrió el refrigerador, se dio cuenta que estaba vacío, ¡Por estar tan preocupada por lo que le había dicho la clarividente, había olvidado comprar algo! Yolanda consideró volver a salir pero tenía tanto miedo que prefirió quedarse con el estomago vacío.

Se fue a acostar en su cama y puso música en volumen moderado. Una parte de ella ya quería dormir para descubrir de una vez por todas lo que le deparaba el futuro; pero la otra, quería impedirlo, pues temía que lo que le esperaba fuera más malo de lo que pudiera imaginar.

Pasaron tres horas hasta que Yolanda se quedó profundamente dormida. En ese tiempo, el techo de su habitación y la música ruidosa habían impedido que conciliara el sueño pero, ahora, su cuerpo cansado había triunfado sobre sus tácticas para no quedarse dormida.

De repente, Yolanda se encontró enfrente de los primeros alumnos a los que les había dado clase. Se sintió feliz de estar ahí con ellos, pues en ese semestre fueron muy buenos con ella, a pesar de lo nerviosa que estaba. Sin embargo, un tronido le hizo voltear hacia la puerta. Dos hombres armados entraron y empezaron a dispararle a todos. Ella se ocultó abajo del escritorio y le rogó a Dios que la salvara de eso. Cuando no escuchó ningún sonido, se atrevió a salir de su escondite y, para su sorpresa, vio que todos habían muerto, excepto ella. Entonces, gritó y cayó de rodillas, tratando de entender lo que acababa de pasar.

Sin previo aviso, el escenario cambio. Ahora se encontraba afuera de su casa. Estaba a punto de entrar pero no logró hacerlo porque una camioneta negra se había parado a su lado y la había obligado a subir. Eran los mismos hombres armados que habían disparado a su clase. Le pusieron una pistola en la cabeza y apretaron el gatillo.

Después del sonido del arma, el escenario volvió a cambiar. Ahora se encontraba en un parque con Ilyts, su cachorro. Un señor, se acercó y le disparo a su perro sin ninguna razón. Luego alzó su pistola hacia ella y le señaló un callejón sin salida que se encontraba cerca de donde estaban ellos. A ella no le quedaba más que seguirlo sino quería terminar muerta así que lo hizo mientras contenía su llanto. Cuando llegaron al lugar, él, sin quitarle la arma de encima, empezó a desabrocharse el pantalón y ella supo lo que estaba a punto de pasar así que intentó huir pero un disparo en su hombro izquierdo le hizo quedar inconsciente.

Cuando despertó, por fin, de esas pesadillas, intentó controlar su respiración agitada y se tapó la cara con las manos. Se prometió a sí misma no volver a salir de su casa para que ninguna de esas pesadillas se hiciera realidad.

Lo que ella no sabía era que, por más que lo intentara, cuando el destino nos tiene preparado algo, siempre ocurrirá por más que intentemos impedirlo…

Anne Kayve

Imagen de Anemone123 en Pixabay

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