El guardián de la montaña rusa (Parte seis)

Queridos lectores: ¿Listos para empezar este jueves con todas las ganas del mundo? Para ayudarlos les dejó la siguiente parte de “El guardián de la montaña rusa”, ¡Les mando un abrazo muy grande desde México!

Luis, después de que dejó de escuchar ruidos en la casa, se levantó del rincón en que estaba y se acercó a la ventana, ¿En verdad iba a desobedecer a un adulto por primera vez? ¿Iba a desafiar de esa manera a sus padres? Sabía que había prometido que no le daría problemas a su tío Rob, pero ¿tener amigos constituía uno? ¿Por un chico que apenas conocía iba a sacrificar a su familia?

El niño se preparó para alzar la ventana. Una parte de él rezaba y pedía a gritos que estuviera atorada o cerrada, cualquiera de las dos cosas. De esa manera, se sentiría tranquilo y le diría a Thomás que su tío lo había encerrado y que, por más que lo intentó, no había podido salir a su encuentro.

Para su mala suerte, la ventana se deslizó limpiamente hacia arriba, dejando un espacio perfecto para que él pasara a través de ella. Dudó por unos segundos y, después, como si su cuerpo estuviera siendo manejado por otro, empezó a salir de la casa con tanta facilidad que le sorprendió que su inconsciente no le hubiera paralizado alguna parte del cuerpo.

Cuando estuvo afuera de la casa, volteó a ambas partes para asegurarse de que no había nadie y empezó a caminar hacia el puesto de palomitas en el que vería a su amigo. Su corazón latía desbocado, pues era la primera vez que escapaba.

Además, era tan extraño que todo estuviera tan silencioso… Los parques de diversiones en su casa tenían mayor actividad en la noche. En cambio, ahí parecía que después de que cerraba, todo moría y, hasta los fantasmas de la casa embrujada se iban a dormir ¿o no? Lo descubriría en algunas horas…

Los juegos se veían tenebrosos y las sombras lo asustaban a cada paso que daba. Era cierto que a lo largo del lugar había muchas casas distribuidas de los dueños de las atracciones, pero todas ya tenían las luces apagadas y las puertas cerradas y eso no se le hizo un buen augurio.

Se quedó viendo la rueda de la fortuna y un escalofrío recorrió su espalda cuando vio que había alguien en ella, hasta arriba, ¿cómo había llegado hasta allá si no estaba funcionando?

Esa persona pareció sentir que estaba ahí, pues volteó a verlo de inmediato. Después, hizo un ademán de saltar. A Luis se le hizo un nudo en la garganta y sus pies empezaron a correr de regreso a la casa de su tío, pero paró a tiempo, ¡No! ¡A lo mejor sólo era su imaginación la que le estaba jugando una mala pasada! ¡No podía fallarle a su amigo!

Respiró profundo para tranquilizarse y emprendió su camino de nuevo, intentando esta vez ya no mirar la ruleta rusa, para no volver a asustarse por cosas que no existían o que no eran peligrosas.

Cuando vio el puesto de palomitas, sonrío. Thomás ya estaba ahí, aunque no parecía muy contento, ¿acaso Luis se había retrasado tanto como para que lo odiara? Apresuró el paso, pero cuando su amigo lo vio, le gritó:

-¡Corre! ¡Está detrás de tí! ¡Viene por nosotros!

Y entonces, todo se volvió negro.

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Anne Kayve

Imagen de jing shi en Pixabay

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