Voz del más allá

Queridos lectores: este texto nació de una plática, en la que me di cuenta cuánto odio los hospitales y los teléfonos fijos. Espero la disfruten.

Había dos cosas que odiaba de sobremanera Arizbeth: los teléfonos fijos y los hospitales. Tal vez se debía a que ese primero de junio de 1997 nació en su propia casa y en ningún momento tuvo la necesidad de pisar un hospital, pues su madre no fue capaz de llegar hacia donde estaba el teléfono para avisarle a su padre que, por fin, la bebé deseada estaba en camino.

Los vecinos fueron los que la recibieron con los brazos abiertos, al escuchar los horrorosos gritos de mamá. Por suerte, había una comadrona aún en la vecindad en la que vivían; por lo que el parto pasó sin complicaciones.

Su padre llegó unas horas después, todo tranquilo, ya que su celular no había sonado en todo el día. No obstante, cuando vio a su hija en los brazos de su esposa, no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas y que su corazón amara, en tan solo un segundo, a esa hermosa criatura.

Todo eso no lo recuerda ella, claro, pero es una historia que sus padres contaban con tanta frecuencia y con tal emoción que se le ha quedado grabada en su mente como si ella hubiera estado ahí para observar la escena.

Desde ese día, su madre había condenado el teléfono fijo por causarle tanta angustia ese día, por lo que había decidido deshacerse de él a pesar de las quejas de papá.

-¡Es una cosa del demonio, Josué! Además, su sonido me pone los pelos de punta.

Ante tal argumento, él no tuvo más opción que aceptar, pero ese odio no sólo iba dirigido a ese aparato, sino también a los hospitales. Los “malditos” e “inservibles” hospitales. Los repelía a tal punto que la pequeña Arizbeth, a sus trece años, jamás había recibido ninguna vacuna.

La niña no se había percatado de su fobia a esas dos cosas hasta que entró a la secundaria, pues sus compañeros empezaron a llevar teléfonos móviles (su sonido la angustiaba de sobremanera) y los maestros les comenzaban a hablar de cómo prevenir enfermedades letales y de la obligación de tener todas sus vacunas.

-Arizbeth Cruz, ¿Puedes ir a hablar con el director? -Le dijo su maestra, el segundo día del curso. Todos se quedaron callados y ella se dirigió lentamente hacia aquella vieja y elegante oficina, sin idea de qué había hecho. Sólo los alumnos mal portados eran enviados con él.

Cuando llegó, tocó la puerta y el señor de bigote y traje, le hizo una seña para que pasara y se sentara enfrente de él.

-Hola, Arizbeth. He revisado tu historial clínico y estoy sorprendido y asustado, ¿por qué aún no tienes ninguna de tus vacunas?

Ella no supo qué responder pero, sin razón alguna, empezó a sentir su boca seca y su corazón empezó a acelerar su ritmo cardíaco.

El teléfono sonó y el director respondió con un resoplido. Ariz se tapó los oídos con miedo, “Deja de sonar, ¡Deja de sonar!” Gritó para sus adentros.

Ese gesto llamó la atención del director, pero no dijo nada. Luego, le extendió un papel a la chica.

-Me tomé el atrevimiento de hacerte una cita con el hospital central. Te esperan hoy después de la escuela. Es importante para tu salud.

Ariz tomó el papel con miedo, como si quemara, ¿ahora qué le iba a decir a mamá? Después, agachó la cabeza y se retiro cuando la dejó hacerlo.

Ya en el pasillo, unas pequeñas lágrimas corrieron por sus mejillas. Nunca había pisado un hospital, es cierto, pero las palabras de su madre le hacían saber que no era un buen lugar.

Dio la hora de la salida y ella seguía debatiendo consigo misma sobre si ir. Al final, decidió vencer sus miedos y se dirigió ahí. No pudo avisarle a mamá, ya que, por obvias razones, ninguna contaba con algún teléfono, ya sea móvil o fijo.

Al llegar, el olor característico de esos lugares, la hizo marearse y dio un paso atrás asustada. ¡No!, era mejor volver a casa, pero cuando estaba a punto de regresar sobre sus pasos un sonido estruendoso empezó a sonar, lo cual la hizo brincar del susto.

Sus ojos se dirigieron al teléfono que estaba sonando. Se encontraba en la recepción, pero, extrañamente, no había nadie ahí. Por lo que se acercó, haciendo acopio de todo su valor, ¿qué tal si era urgente?

Contestó y, en el acto se arrepintió:

-¿Lista para morir? -Dijo una voz al otro lado y a ella se le resbaló de las manos ese aparato electrónico.

-¡Hey! ¿Qué haces? -Le preguntó una enfermera que iba pasando. Luego, se detuvo ante ella y la fulminó con la mirada, pensando en que esa chica adolescente no tenía buenas intenciones -¡Largo! -Le gritó y Arizbeth la obedeció sin rechistar.

Cuando estuvo a dos cuadras del lugar, se paró en un parque para recuperar el aliento y trato de borrar esa horrible voz de su mente. Sin embargo, no lo logró.

Nunca encontró las explicaciones de esa llamada en aquel extraño hospital central, pero Arizbeth jamás volvió a él. A pesar de que su salud empeoró unos días después, haciendo que la predicción de esa voz, se cumpliera tan solo un mes después.

Anne Kayve

Imagen de Foundry Co en Pixabay

Anuncios

4 comentarios sobre “Voz del más allá

Agrega el tuyo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

Crea tu página web en WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: