Mi pequeña escritora

Queridos lectores: el relato de hoy surgió como resultado de una pequeña charla. Creo que mis mejores cuentos salen de esa manera. Espero lo disfruten.

Aquélla madrugada Laura murió en un accidente automovilístico, dejando a su única hija sola; y, ese mismo 5 de diciembre de hace ocho años yo recibí una llamada que cambió por completo mi vida: esa pequeña niña huérfana era mi nieta.

Recuerdo que me quedé en estado de shock, pues, para empezar, alguien de 70 años no se imagina cuidando a un niño pequeño y, para seguir, yo tenía ya diez años sin dirigirle la palabra a mi hija, por lo que ni siquiera sabía que había tenido descendencia.

Me dolió el alma no haberme despedido de mi pequeña Lau, no haber hecho mi función de padre todo ese tiempo. Debí haber luchado más por quedarme en su vida, pero ya era demasiado tarde, pues ya la había perdido.

Roxana, mi enfermera, me dijo que quizá cuidar a su hija era la mejor forma en que podría enmendar mis errores, pero yo tenía mis dudas, ¿cómo podía hacerme cargo de una niña de 7 años si apenas podía mantenerme en pie sin un bastón?

A pesar de mi incertidumbre, fui al hospital con miedo y cuando les comenté mi motivo de estar ahí, me llevaron a un consultorio. Después de algunas preguntas de rutina, me presentaron a Gabriela Monteros.

Mi corazón se encogió cuando me di cuenta que era una copia exacta de su madre a su edad: ese pelo negro largo y rizado, ese color de ojos avellana, esa cara alargada y llena de pecas, esa estatura promedio que tanto caracterizaba a mi familia… sí, definitivamente era mi nieta.

La pequeña abrió muchos los ojos cuando le dijeron que ese señor canoso que acababa de entrar, osea yo, era su abuelo. Al parecer, ella tampoco sabía de mi existencia. Sin embargo, con gran inocencia fue corriendo hasta mis brazos gritando:

-¡Abuelo, abuelo!

Fue inevitable sostenerla en mis brazos y abrazarla, susurrarle al oído que a partir de ahora todo estaría bien. Algunos doctores presentes aplaudieron ante ese gesto y unos pacientes se detuvieron a ver qué estaba pasando, ¿a caso había buenas noticias en los hospitales? Ese día comprobé que sí, los milagros existen.

Creo que está de más decir que enseguida, Gaby se ganó mi corazón.

Cada día con ella se volvió especial y siempre traía una sorpresa con él. La más grande fue descubrir que mi pequeña nieta tenía un don.

A pesar de que aún era pequeña y que apenas estaba aprendiendo a escribir, empezó a sorprenderme por las historias que quería empezar a plasmar en sus libretas escolares. Digo quería porque aún estaban poco estructuradas e incompletas, pero yo sabía que cuando creciera iba a ser un gran gran trabajo con sus letras; así que en su cumpleaños número 12 le regalé una pluma fuente.

-Gaby, este es el comienzo de tu formación como escritora -Le dije, con gran emoción. Hacía años que no me sentía tan joven y lleno de vida. Cada vez estoy más seguro que los niños pequeños tienen ese efecto en las personas grandes como yo.

Su carita se iluminó y tomó aquél objeto con sumo cuidado, con miedo de romperlo. Después, procedí a enseñarle cómo funcionaba. Toda esa tarde nos la pasamos riendo y ella empezó a contarme todas las historias que plasmaría con ella.

Las primeras palabras que escribió fueron: había una vez… y créanme cuando les digo que con ellas empiezan las mejores historias. Ella lo sabía, yo lo sabía y no hubo que esperar mucho tiempo para comprobarlo.

A los 15 años logró ganar su primer concurso de escritura. Ambos estábamos rebosantes de alegría así que fuimos a comer patatas fritas (esas que tanto le encantaban) pero ¿me creen si les digo que hubiera deseado no haberlo hecho? De no ser así, ella seguiría aquí, a mi lado, creando hermosas historias para que la gente las disfrutara; pero eso ya no va a ser posible.

Tuvimos un accidente. Una motocicleta, manejada por un tipo ebrio, nos atropelló. Le rogué a Dios que se llevará mi vida, no la de ella. No obstante, creo que no escuchó. Mi pequeña escritora murió tan solo dos horas después.

Y, ahora, estoy en el hospital de nuevo, escribiendo estas líneas con la esperanza de que alguien las lea y entienda que mi pequeña escritora sabía crear universos inimaginables con sus palabras, y que era capaz de transformar cualquier día gris en un día caluroso y lleno de vida. Misterio, terror, amor, amistad. Ella sabía cómo plasmarlo y cómo hacer sentir a las personas.

Y ahora que no está, le dedicó unas últimas palabras: gracias pequeña escritora, por enseñarme que, a pesar de los arrepentimientos, todos podemos volver a ser felices, por demostrarme que, a pesar de la edad, todos tenemos a ese niño interior que espera que sigamos emocionándonos por cada cosa extraordinaria que nos pasa en la vida.

Querida hija, querida nieta: no desesperen. Pronto las alcanzaré.

Anne Kayve

Imagen de Fathromi Ramdlon en Pixabay

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