La última amapola del mundo#52RetosLiterup (Relato 22)

Queridos lectores: ¡Seguimos con los #52RetosLiterup! ¿Están listos para leer el siguiente reto? ¡No se lo pueden perder!

Reto: Escribe un thriller en el que el protagonista deba conseguir salvar las amapolas de la extinción.

En la televisión no han dejado de anunciar que la última amapola está a punto de morir. Todos estamos al pendientes de ella, pues, de cierta manera, es nuestra última esperanza, ya que es la última flor viva. Las demás nos las hemos acabado, las hemos matado y masacrado. Demasiado tarde los seres humanos nos hemos dado cuenta de nuestro error…

—Lulú, querida, deja de ver eso — Me pide mi madre mientras pone la mesa para comer.

—¡Pero, mamá! Sin esa flor, todos moriremos.

Ella me ignora y yo, algo resignada, voy a su lado para ayudarle. El ambiente es algo tenso, pues ambas prensetimos que la muerte está cerca.

—Mamá…

—Hay que comer —Me interrumpe y va por lo que ya cocinado a la cocina.

Ambas comemos en silencio y cuando terminamos, me anuncia que está muy cansada y que irá a dormir.

Yo asiento, algo aliviada, pues así podré seguir al pendiente de nuestra flor.

Cuando ella sube, se anuncia que la amapola estará viajando por todas las regiones del país, para que nos despidieramos de ella.

Me sorprendo cuando me doy cuenta que la primera localidad visitada será la nuestra y, entonces, una idea extraña se adueña de mi mente, ¿Y si la robo y me encargo de ella? ¡Sé que puedo hacer que viva! Ya es hora de desempolvar mis conocimientos. No es una coincidencia que de pequeña me haya obsesionado precisamente con ese tipo de flor ¿O sí?

En silencio, abro mi armario y me visto de negro. Lo más difícil será robarla, habrá mucha seguridad, menos mal que un buen amigo mío será un guardia. Sólo falta convencerlo que me ayude con mi plan.

Salgo de puntitas y cuando me encuentro afuera, marco el número de Alberto. Contesta a los tres timbrazos.

—¿Lulú?

—¡Ayúdame a salvar a la última amapola del mundo! —Suelto sin pensarlo. Un silencio incómodo se adueña del otro lado de la línea —¡Vamos, Alberto! Sé que puedo hacerlo.

—¿Qué te hace pensar eso? No puedo, Lulú. Me convertiría en cómplice y si me descubren podrían encarcelarme o, incluso, matarme.

—¡Por favor! ¡Sabes que yo haría algo así por ti!

—¿Algo así por mi? ¡Por favor! ¡No me has llamado en meses y cuando lo haces me pides que cometa un crimen! —Masculla molesto y cuelga.

Siento un nudo en la garganta y regreso a mi casa derrotada. Él tiene razón, es imposible salvarla y salvarnos.

Me hago bolita en el sillón, después de haberme puesto mi ropa para dormir y, después, caigo rendida.

Unos golpes fuertes en la puerta interrumpen mis sueños inquietos y malévolos.

—¡Lulú! ¡Abre!

Cuando reconozco la voz de Alberto, me paro de un salto y voy corriendo a la puerta rogando que mi madre no lo haya escuchado.

Abro y me quedo boquiabierta cuando veo que tiene a la amapola en sus manos. Se inclina y me la ofrece, tal como si fuera un súbdito regalando algo a su reina.

—Lo pensé bien. Creo que tú eres la única manera de salvarnos. Todo queda en tus manos —susurra y lo abrazo con emoción por haber confiado en mi. Sé que puedo hacerlo.

Lo guio hacia mi habitación y le pido que guarde silencio, pues no quiero que mi madre nos escuche. Después, cierro la puerta despacio.

Saco de debajo de la cama mi caja de primeros auxilios para amapolas y la pongo ahí. Poco tardo en darme cuenta del problema. Mi pulso se ha acelerado y mi corazón casi se sale del pecho.

—La han envenenado —Declaro con mucho miedo —alguien quiere que desaparezca la raza humana.

Ambos nos quedamos viendo perplejos, pues no podíamos entender quién querría algo así. Lo peor es que sabíamos que tenía que haber sido un humano, ningún otro animal tenía acceso a la planta.

De repente, mi puerta se abre en par en par y mi madre entra furiosa.

—¿Cómo has conseguido eso? —Grita furiosa —¿Que no lo entiendes? ¡Tenemos que morir, que desaparecer!

—¿Fuiste tú? —La acuso en tono amenazador y abro los ojos como platos cuando me doy cuenta que así es —¡Fuiste tú! ¿Por qué? ¿Por qué? —Grito.

—Somos un asco de especie. Creemos que somos los dueños de la tierra y, no, no lo somos. Por ese simple pecado debemos morir.

—¡Pero también tenemos cosas buenas! Cosas que otras especies no poseen.

—Y son justamente esas cosas las que nos han convertido en monstruos.

Alberto agarra la amapola y nos mira a ambas. Él tiene en sus manos el destino de la humanidad.

—¡No!

—¡Sí!

Entonces Alberto la avienta al piso y la destroza con sus zapatos, condenando así a los seres humanos a su perdición total.

Anne Kayve

Imagen de Ralf Kunze en Pixabay

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