Cris, mi pequeña fantasma

Queridos lectores: hoy me siento más motivada que otros días a escribir. La inspiración me obliga a no parar. Espero que se quede aquí por un rato para poder explotarla al máximo, ¡Les deseo un hermoso comienzo de semana! ¡Siento que este año es el bueno!

Ayer Richard, mi jefe, me habló por teléfono y me pidió un favor: que fuera hoy a la oficina para acabar con el montón de trabajo que tenemos pendiente. Al principio, le iba a decir que no, que aún estaba de vacaciones y que no era mi obligación ir. Sin embargo, cuando recordé que mi hija estaba enferma y que quizá debería pedir algunos días para su operación, acepté sin refunfuñar.

Richard me dijo en qué parte pondría las llaves y antes de que yo pudiera protestar, colgó. Eso sólo significaba que yo iba a estar sólo en la oficina y que tenía acabar sin ayuda de nadie. Estuve a punto de regresarle la llamada pero lo pensé mejor y vi en ello una oportunidad, pues si lograba sacar todo, podría pedir un ascenso o, por lo menos, un aumento de sueldo.

Le informé la mala noticia a mi esposa Karina y ella accedió sin muchas preguntas. En su rostro pude ver arrugas que antes de la enfermedad de Cristina no estaban. Sabía que temía por la vida de nuestra hija y que no estaba dispuesta a separarse ni un segundo de ella.

Entonces, cuando dio la hora, me levanté y me preparé. Cuando estuve listo, me fui a asomar a la habitación de mi pequeña y casi me muero cuando vi lo pálida que estaba. Me acerqué a besarle la mejilla y ella sonrió un poco entre sueños. Me prometí que haría cualquier cosa por ella.

Al llegar a la oficina, abrí y entré con cautela. Mis compañeros me habían contando que ahí había fantasmas. Yo no era muy creyente en ese tipo de cosas, pero por si acaso, entré con discreción y respeto. Casi suelto una maldición cuando me doy cuenta del montón de papeles que debo trabajar, ¿en qué momento se juntaron tantos pendientes?

Después de unas horas de arduo trabajo, un ruido que provenía del sótano heló mi sangre. Traté de ignorarlo, pero se volvió a repetir. Estuve tentado a quedarme en donde estaba, pero mi curiosidad, ¡Maldita curiosidad! me obligó a asomarme.

Mi sorpresa fue mayor cuando entré a aquella habitación llena de archivo muerto y me di cuenta del desastre que había. Cuando empecé a levantar las carpetas, una mano esquelética tocó mi hombro. Como pensé que era mi jefe haciéndome una mala broma, ni me inmute.

—¡Me tienes! ¡Me has matado del susto, Richard! ¡Buena esa! —Exclamó burlándome de sus intentos por espantarme, pero cuando lo observó a la cara las cosas que tenía en la mano se me resbalan. Tengo nada más y nada menos que a mi hija enfrente de mí, pero ahora es diferente: se ve llena de vida y transparente, ¿es un fantasma…?

—Padre, no podía irme sin despedirme de ti.

—¡Cristina! ¡Mi pequeña! ¿Qué te ha pasado?

—He muerto, padre. La enfermedad ha consumido mi cuerpo y, por fin, he decidido dejar de luchar. Sé que será duro para ambos, pero quiero decirles que no me pudieron tocar padres mejores que ustedes dos.

Unas pequeñas lágrimas empiezan a correr por mis ojos y cuando trato de abrazarla, me doy cuenta que no puedo siquiera tocarla.

—Te amo —Me dice de manera tan sincera que mi corazón se encoge. Después, desaparece junto a la brisa que de repente llenó la habitación. Yo me tapé la boca, aguantando un alarido de dolor y me prometí a mi mismo que jamás olvidaría a Cris, mi pequeña fantasma.

Anne Kayve

Imagen de Ag Ku en Pixabay

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