Ella, mi alucinación

Queridos lectores: este relato nació de una especie de plática que tuve ayer. Espero les guste. Les mando un abrazo a todos y les doy las gracias por haber participado en mis entradas. Para mí, son muy importantes sus palabras.

Ya pasaron dos días desde que mi pequeña Emily y yo nos perdimos en este bosque inmenso. Fue mala idea separarnos del grupo y del guía, pero en ese momento no me quedaba otra opción, pues mi hija tenía una desesperadas ganas de ir al baño.

Recuerdo que pregunté al guía cuanto faltaba para eso y me dijo que más de dos horas, se lo dije a Emily y ella empezó a gritar que no iba a aguantar así que tomé su mano y nos fuimos a esconder a un baño. Debido a que fui rápidamente, no le avise a nadie que nos iríamos unos minutos así que ellos siguieron con su camino, sin percatarse de nuestra ausencia.

Cuando quisimos regresar al camino, no encontramos a nadie. Yo estaba desesperado porque ya iba a oscurecer y temía que no encontráramos la salida antes de que eso ocurriera.

Pero no lo logramos, ya que al poco rato tuve que subir a Emily a mis brazos y después de caminar con horas, decidí descansar. Afortunadamente, teníamos ropa térmica y una que otra provisión. Cenamos y para que se durmiera le tarareé la canción que siempre le cantaba su madre antes de morir en ese accidente de automóvil. No tardó en cerrar sus ojitos. En cambio, yo no pude descansar. Emily no debía saberlo, pero realmente estaba asustado, pues la oscuridad siempre había sido mi mayor miedo…

Tras horas de desvelo, caí rendido. Al despertar, me alarmé al no encontrar a mi pequeña en mis brazos así que empecé como loco a buscarla. La hallé ensangrentada, pero viva. Se había caído por un sendero muy empinado.

Lloraba y lloraba, así que la cargué y empecé a buscar de nuevo la salida de esa pesadilla, pero pasó otro día en que no viéramos ninguna señal de actividad humana.

La siguiente noche fue más fría y escalofriante y, a pesar de mi cansancio, no me fui a dormir por temor a que Emily se volviera a lastimar. Fue unas de las peores noche en vela que había vivido.

Cuando empezó a clarecer, retomé mi misión de encontrar de nuevo la salida. Por alguna extraña razón, Emily pesaba menos. No dejaba de llorar y quejarse. Quería ir a casa, al igual que yo.

Tras horas de búsqueda, encontré un grupo. Una mujer, que fue la primera que me vio, empezó a gritarle al guía. Cuando me vieron, me desmaye.

Desperté al día siguiente, con un fuerte dolor en todo el cuerpo y lo primero que hice fue preguntar por mi hija. Ellos me miraron extrañados y me dijeron que yo iba solo. Que no había rastro de ninguna niña.

Mi corazón se rompió y empecé a gritar desesperado que la buscaran. Tuvieron que sedarme.

Cuando me recupere, regrese a ese bosque y después de caminar horas, encontré a Emily, ilesa. Por primera vez, lloré de felicidad y la lleve a la salida (ahora si me aseguré de llevar un mapa). Ahí le enseñé la niña al guía y él, con cara rara, me dijo que no veía nada y que me recomendaba ir a un psicólogo.

Ahí entendí que mi Emily, mi pequeña, murió en el bosque y que mi mente, no pudo aceptar la verdad, por lo que la manifestó en forma de alucinación. Me dijo que tenía que despedirme de ella, pero no hice caso. A partir de ese día me prometí regresar cada semana a ese bosque, por mi, por ella y por su madre.

Anne Kayve

Imagen de ljcor en Pixabay

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