La última sonrisa de Ely

Queridos lectores: esta vez, el relato que están a punto de leer llegó a mi mente gracias a la imagen que lo ilustra. No sé cómo o por qué cree esta historia. Sólo espero que la disfruten muchísimo, ¡Un abrazo!

Hoy no es navidad y, sin embargo, estoy adornando mi casa como si lo fuera. Ely, mi pequeña de seis años, me está ayudando entusiasmada. Como ella aún no tiene noción del tiempo, no sospecha nada extraño, simplemente cree que su época favorita del año llegó muy rápido.

—¿Ya está lista la estrella? — Cuestionó mi pequeña, buscando en la caja. Ella amaba ponerla en la punta del árbol enfrente de su papá y yo, pues ambos le aplaudíamos y la hacíamos sentir la persona más dichosa del mundo. La amábamos y no queríamos que se fuera, no tan pronto…

—Claro, cariño, pero recuerda que debemos esperar a papá.

Ely asiente, me sonríe y saca algunas esferas de las cajas para ponerse a jugar con ellas. Le gusta imaginar que cada una de ellas está viva y que tiene un alma adentro.

—Yo quiero ser una esfera, ¿por qué no puedo ser una esfera? —Me preguntó con inocencia y yo la tomé entre mis brazos y la abracé con mucha fuerza.

—Te amo, pequeña. Siempre serás mi esfera.

Ella me abrazó con sus bracitos débiles y, entonces, la decaída empezó. Su respiración comenzó a ser irregular y una tos horrible se apoderó de ella. Yo, algo asustada, fui corriendo a la cocina, lugar en el que guardaba las medicinas, y busqué la que nos había recetado el pediatra. No la bajé de mis brazos, a pesar de que su peso ya era mayor al que estaba acostumbrada cuando ella era una bebé.

El ataque, afortunadamente, pasó y Ely, al verme tan asustada, me besó en la frente.

—Mamita, todo está bien —Susurró y yo lloré de felicidad. El ataque había sido una falsa alarma. Ahí fue cuando deseé que el ataque mortal (el que tanto había predecido el doctor) nunca se fuera a cumplir —¿por qué lloras, mamita?

—Por nada, mi princesa. Tengo una idea, ¿por qué no hacemos una esfera? Dijiste que querías ser una esfera, ¿no?

La pequeña aplaudió feliz y me sonrío. Grabé su sonrisa hermosa en mi mente, deseando que no fuera la última.

No tenía muchos materiales en casa, así que decidí darle un pedazo de plastilina. Luego le ayudé a hacer una bola y a pegarle adornos, como si fuera, efectivamente, una esfera de navidad. Quedó encantada con el resultado y me la tendió.

—Para ti, para que no olvides que soy tu esfera —Dijo y yo la abracé más fuerte. En eso, escuchamos que su padre venía entrando. Él miró extrañado la casa.

—Hermosa, no es que no me gusten los adornos, pero estamos a finales de febrero… —Empezó a decir y se calló de golpe cuando se dio cuenta de mi mirada. Creo que él se dio cuenta de que mi intuición me había dicho que algo malo estaba a punto de pasar.

—¡Papá! ¡Papá! Llegó muy rápido navidad, ¿no lo crees?

Él asintió y la cargó.

—¿Lista para poner la estrella?

—¡Sí, sí! —Gritó eufórica y ambos la acompañamos al árbol. Después, entre los dos la cargamos para que pudiera ser alta, alta y alcanzar la punta del árbol.

Cuando la colocó, todos aplaudimos. Su sonrisa era radiante y sincera. De repente, el ataque regresó, haciendo que ambos nos alarmáramos.

—¡Mi pequeña, mi pequeña! —Sollocé, en lo que mi esposo la abrazaba e intentaba que se calmara.

—¡Ely! ¡Aún no puedes irte! ¡No! —Le pidió, desesperado, pero sus palabras llegaron demasiado tarde. Mi pequeña dejó de moverse, dejó de respirar.

Ambos nos caímos con esa situación y él me abrazo, tratando de respirar.

—Por favor, Mel, por favor —Suplicó — devuélvela a la vida.

Lancé un alarido de dolor y todos mis sentidos de pronto se volvieron negros. Cuando desperté, descubrí a muchas personas en mi casa. Al principio no las reconocí, pero conforme fui regresando a la realidad, vi que algunos eran vecinos, pues se habían asustado tanto de nuestros gritos que pidieron ayuda. El cuerpecito de mi Ely ya está cubierto en una sábana blanca.

Fui corriendo hacia él, negando que fuera verdad. Cuando la destapé, pude visualizar una sonrisa en su rostro: la última.

Anne Kayve

Imagen de Pezibear en Pixabay

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