En otra vida

Queridos lectores: había decidido escribir una antología de cuentos. Sin embargo, el tema ahora me deja un poco triste, así que he decidido escribir de otro tema. Por ello, voy a publicar uno de los relatos que tengo. Espero lo disfruten. Aclaro que es un invento de mi cabeza y que estuvo inspirado en todo lo que está pasando. Un abrazo.

Después de ver las noticias, apago la tele con el alma inquieta. Todo el mundo está hablando de lo mismo: afuera hay un ser invisible para nuestros ojos que nos está matando poco a poco. Tengo mucho miedo, porque me encuentro en uno de los grupos más vulnerables, el de la tercera edad. Es como si la muerte, ahora más que nunca, estuviera reclamando mi vida y los de mi generación, ¿Sobreviviré a esta especie de fin de mundo?

—¿Abuela? ¿Todo en orden? —Me pregunta Bethany, mi pequeña nieta de 16 años, asomándose por la puerta de la sala —De repente, dejé de escuchar ruido y pensé que te había pasado algo. 

—No, Beth, todo bien, ¿Ya quieres cenar? 

Ella niega con la cabeza. No me había percatado, pero parece algo enferma. 

—No tengo hambre. No me siento muy bien… 

Me levanto alarmada y camino como puedo hasta ella con ayuda del bastón, ¡Maldita rodilla! Ella trata de detenerme, pues no quiere que me esfuerce demasiado. Sin embargo, un ataque de tos inusual la detiene. Asustada, se cubre la boca con el antebrazo y abre mucho los ojos, da unos pasos para atrás y luego, cuando ve que sigo intentando estar cerca de ella, me grita:  

—¡No te acerques, abuela! ¡Por favor!  

Después, se echa a correr a su habitación y se encierra en ella.  

Me quedo parada en medio de la sala sin saber qué hacer. Tengo muy grabado en mi memoria que la tos es uno de los síntomas del virus, pero no hemos salido de casa en los últimos quince días más que para comprar alimentos, así que no creo que estemos contagiadas, pero ¿Y sí lo estamos? Mi labio superior empieza a temblar ante esa posibilidad. Por lo menos, sé que ella es joven y fuerte. Las noticias dicen que ellos no mueren…  pero ¿y yo? No quiero dejarla sola. Ya fue bastante duro que perdiera a su madre, como para que también me pierda a mí.  

Me dirijo a la cocina y le hago su comida favorita. He estado pensándolo bien y no creo que tenga nada. Debe ser una simple alergia. Además, si me enfermo prefiero pasar mis últimos días cerca de ella. Pongo todo en una charola, para llevarla a su habitación. Lo hago lo más rápido que puedo, pues me da miedo que no coma bien estando enferma. 

Al girar el picaporte de su puerta, me doy cuenta que está cerrado con llave. 

—¡Beth! ¡Déjame pasar! ¡Traigo tu cena! —Le grito, aunque casi estoy segura de que me pedira que le deje la comida enfrente de la puerta y me vaya. Sin embargo, me sorprendo cuando la única respuesta que recibo es un silencio total. 

Me dirijo a mi cuarto para buscar la copia de la llave que tengo de su habitación y regreso temblando. Como puedo, abro la puerta y se me cae el alma al suelo cuando la veo tendida en su cama sin moverse. Me acerco a ella para tomar sus signos vitales. Afortunadamente sigue viva, pero noto que le cuesta mucho respirar y moverse, además de que arde en temperatura. Sus ojos me gritan que me aleje de ella para que no me contagie, pero eso no me importa en estos momentos. Estoy segura que daría mi vida por la de ella, así que voy a la cocina para marcar a los números de emergencia. Enseguida me contestan y empiezan a hacerme unas preguntas engorrosas que siento que sólo le restan la oportunidad de sobrevivir a mi nieta. Al final me dicen que no hay ambulancias disponibles y que puedo llevarla al hospital más cercano, pero por mis propios medios. Eso hace que mis ojos se llenen de lágrimas, porque no tenemos carro y apenas puedo con mi propio peso, sé que no podré cargarla.

—Por favor, se lo suplico. Vivo sola con mi nieta y tengo un problema de la rodilla que apenas me deja caminar… 

—Lo lamento mucho, señora. No hay nada más que podamos hacer. Lo siento, en verdad. 

Cuelgo con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos. Después, miro de nuevo hacia la habitación de Beth. Tengo que salvarla, tengo que hacerlo, así que voy hacia ella. Se nota que cada vez le cuesta más respirar. 

—¿Puedes levantarte? Tenemos que sacarte de aquí y llevarte a que te vea un médico —Le susurró con la voz entrecortada. Ella con trabajo abre los ojos y como puede asiente muy despacio mientras trata de aspirar aire para respirar. La ayudo a levantarse, pero parece que todas sus fuerzas la han abandonado. Al ver su rostro tan pálido, dejó mi bastón a un lado y, por primera vez en muchos años, intento moverme sin su ayuda. Es muy difícil, pero no tan imposible como creía. Mi pequeña nieta ya no intenta detenerme, pues está más concentrada en intentar respirar.     

Pone su brazo encima de mis hombros y empezamos a caminar despacio hacia la puerta. No sé de donde, pero he sacado energía que hace mucho tiempo no sentía. Eso es lo que provoca el amor: ganas de salvar al ser amado. 

Cuando salimos de la casa nuestro vecino Eduardo nos ve y se acerca corriendo, sabiendo que necesitamos ayuda. Afortunadamente, él es taxista así que se ofrece a llevarnos sin pagarle ni un centavo. Yo exploto en lágrimas de agradecimiento cuando me ayuda a subir a mi nieta al carro y cuando sale disparado hacia el hospital que se encuentra a unos kilómetros de ahí. 

—Tranquila, Lucy. Bethany estará bien —Me dice para consolarme y acelera la velocidad, en lo que yo intento que Beth no se rinda. 

—Por favor, Beth. Respira despacio. Ya casi llegamos, ya casi —Le suplico.

En cuanto arribamos a la entrada del hospital, bajamos rápidamente. Eduardo me ayuda con mi nieta y en cuanto el guardia de seguridad ve las condiciones en las que se encuentra Beth, llama rápido a unos enfermeros. Desgraciadamente, no acuden de inmediato. 

—Perdón, señora. Adentro hay muchas personas en la misma condición o peor. No hay insumos suficientes ni personal médico. Esto es el mismísimo infierno… —Confiesa, aguantando las lágrimas. Lo miro con compasión, ¿cuántas cosas habrá visto ya? 

De repente, un enfermero va por mi nieta y se la lleva. Eduardo y yo somos forzados a aislarnos en una sala de espera que adaptaron para familiares de las personas contagiadas. Tenemos que esperar ahí, y no podremos salir hasta que confirmen que no contrajimos la enfermedad. 

—Perdón, Eduardo… no quería meterte en esto —Le digo en voz baja, mientras miro el suelo. La imagen de las demás personas a mi alrededor simplemente se me es insoportable.

—No te preocupes, Lucy. Tarde o temprano yo sabía que iba a pasar, pues como soy taxista era imposible quedarme en mi casa… si no trabajo, no hay dinero para comer. Lo bueno es que mis hijos ya están grandes, y ya no dependen de mí. Aunque, a veces, sólo quisiera que me llamaran, por lo menos, para saber que están bien… 

—¿Señora Lucy? —Pregunta un enfermero con todo el cuerpo lleno de protecciones extrañas mientras entra a la sala de espera. Yo, con ayuda de Eduardo, me acerco a él. 

—¿Usted es la abuela de Bethany, la chica de 16 años? 

Asiento sintiendo un nudo en la garganta. Presiento que las noticias que me darán no son buenas; la expresión de su cara lo delata. 

—Lo lamento mucho, no pudo sobrevivir. Hicimos todo lo que pudimos… era tan joven… —Dice con voz casi inaudible. Después, rompe en llanto y sin mediar una palabra más, se marcha.

Desde ese día, no he vuelto a ser la misma. Estoy desgastada física y emocionalmente. No está de más mencionar que di positivo en las pruebas tan sólo unos días después, al igual que Eduardo.

Ambos decidimos vivir juntos nuestros últimos días, ya que sabíamos que el hospital, debido a la saturación, no era una opción para nosotros. Él me cuidó hasta el último día de manera admirable; en sus ojos vi, antes de morir, que tal vez él podría sobrevivir. Sin embargo, yo no, pues tenía que reunirme con mi hija y con mi nieta en la otra vida. 

Anne Kayve

Imagen de Parentingupstream en Pixabay

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